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  ARTÍCULO :. Agricultura y Medio Ambiente

Durante milenios, el objetivo de la agricultura fue obtener alimentos suficientes. Las técnicas agrícolas no han variado mucho, hasta el siglo pasado, en que se establecen las bases de la nueva química agraria, y con ella se abren paso a la utilización de los fertilizantes.

A principios de este siglo se empieza a utilizar los fertilizantes nitrogenados, fosfóricos y potásicos, si bien la generalización del uso de los fertilizantes en España no se realiza hasta los años sesenta.

Después de la segunda guerra mundial, con la aparición del DDT y como consecuencia del auge económico, se empieza a desarrollar la industria de los plaguicidas. La mejora genética de las variedades cultivadas y de las razas de animales, junto con la utilización de los fertilizantes y plaguicidas (insecticidas, fungicidas, herbicidas) tienen como consecuencia un aumento de la producción agrícola y ganadera.

Este aumento conlleva una nueva problemática ambiental y un consumo energético muy alto. Los alimentos y cultivos transgénicos son el último peldaño, hasta ahora, de una agricultura industrializada; sus efectos ambientales pueden ser enormes, aún mayores que los resultantes del empleo masivo de plaguicidas y abonos químicos.

IMPACTO AMBIENTAL SOBRE LA AGRICULTURA

1) PLAGUICIDAS

En 1962 el libro de Rachel Carson Primavera silenciosa dio el primer aviso de que ciertos productos químicos artificiales, como el DDT, se habían difundido por todo el planeta, contaminando prácticamente a todos los seres vivos hasta en las tierras vírgenes más remotas. Aquel libro, que marcó un hito, presentó pruebas del impacto que dichas sustancias sintéticas tenían sobre las aves y demás fauna silvestre. Pero hasta ahora no se habían advertido las plenas consecuencias de esta insidiosa invasión, que está trastornando el desarrollo sexual y la reproducción, no sólo de numerosas poblaciones animales, sino también de los seres humanos.

Nuestro futuro robado, escrito por Theo Colborn, Dianne Dumanoski y Pete Myers, reúne por primera vez las alarmantes evidencias obtenidas en estudios de campo, experimentos de laboratorio y estadísticas humanas, para plantear en términos científicos, pero accesibles para todos, el caso de este nuevo peligro. Comienza allí donde terminaba Primavera silenciosa, revelando las causas primeras de los síntomas que tanto alarmaron a Carson. Basándose en décadas de investigación, los autores presentan un informe que sigue la pista de defectos congénitos, anomalías sexuales y fallos de reproducción en poblaciones silvestres, hasta su origen: sustancias químicas que suplantan a las hormonas naturales, trastornando los procesos normales de reproducción y desarrollo.

Los autores de Nuestro futuro robado repasan la investigación científica que relaciona estos problemas con los "disruptores endocrinos", estafadores químicos que dificultan la reproducción de los adultos y amenazan con graves peligros a sus descendientes en fase de desarrollo. Explican cómo estos contaminantes han llegado a convertirse en parte integrante de nuestra economía industrial, difundiéndose con asombrosa facilidad por toda la biosfera, desde el ecuador a los polos.

La utilización de los fertilizantes y de los plaguicidas, junto con la ganadería intensiva, da lugar a la contaminación de suelos y aguas. El uso frecuente e indiscriminado de plaguicidas provoca graves problemas ambientales. Según estudios realizados en los Estados Unidos, de los 500 millones de kilos de plaguicidas utilizados anualmente, sólo el 1% de los productos llegan a los organismos nocivos (a los que en principio van destinados). El 99% restante se queda en los ecosistemas. Una parte van a parar a la atmósfera por volatilización, otra parte importante al suelo, y otra a los acuíferos. Otro de los efectos de los plaguicidas son los daños que afectan a la fauna del medio, como las abejas, aves insectívoras y a los insectos útiles, que son depredadores de insectos dañinos. Otra parte se queda en los productos agrícolas, siendo consumido directamente por los animales y el hombre.

Todos los plaguicidas utilizados por el agricultor tienen unos plazos de seguridad, expresados en días, quedando prohibida la utilización del producto en los días marcados antes de la cosecha, estando en manos del agricultor la responsabilidad del cumplimiento de estos plazos. Existen también unos límites máximos de residuos del plaguicida utilizado que pueden quedar en el producto a consumir. El control de los residuos de plaguicidas corresponde a la administración, si bien tampoco existen los medios suficientes para analizar todos los productos agrícolas que llegan al mercado.

El empleo de plaguicidas es una de las mayores amenazas a la diversidad biológica y a la salud de las personas. Se calcula que una persona normal puede entrar en contacto con más de 60.000 productos químicos sintéticos diferentes en su vida cotidiana, y sólo en la comida pueden encontrarse 10.000. Muchos de estos productos son tóxicos. Unos 600, cancerígenos. Los plaguicidas utilizados en agricultura son sin duda el grupo más peligroso. Fueron introducidos masivamente en todo el mundo en los años 40 como parte de la llamada "Revolución Verde", junto con las semillas mejoradas, los abonos y la mecanización de la agricultura.

Las plagas gozan de excelente salud pues los plaguicidas estimulan su capacidad de mutación para adaptarse. Sus predadores naturales, como insectos y pájaros, mucho más lentos de adaptación, sucumben bajo los plaguicidas; los monocultivos les aseguran el alimento ideal. En 1965 estaban censadas por la FAO 182 plagas. En 1977 fueron 364. Hoy son más de 500 los insectos resistentes a los plaguicidas, así como 100 especies de hongos y 50 de adventicias. En EE UU, el uso de plaguicidas se ha multiplicado por 11 desde finales de los años 40. Sin embargo, las pérdidas en las cosechas, debidas a plagas han aumentado de un 7% a un 13%.

Según un informe elaborado por la OIT a partir de los datos suministrados por gobiernos y organizaciones internacionales, 40.000 agricultores mueren en el mundo cada año por intoxicación aguda con plaguicidas de un total de entre 3 y 5 millones de casos. Pero las intoxicaciones agudas son sólo parte visible de los daños causados por estos productos. Los gobiernos establecen, para cada compuesto, una dosis máxima diaria aceptable para el ser humano, normalmente expresada en cantidad de sustancia autorizada por kilo de peso corporal. Los métodos de determinación muestran que más que proporcionar una verdadera seguridad, se trata de ofrecer la imagen, aparentando un conocimiento sobre los productos y sus efectos que no existe. La mayoría de los científicos están de acuerdo en que no se puede hablar de dosis seguras. Pero, además, cada uno de nosotros ingiere diariamente diversos alimentos que pueden aportar las dosis autorizadas de cada uno de ellos. Podemos sobrepasar, al adicionarlos, los umbrales considerados oficialmente peligrosos. Nada se nos dice de los efectos aditivos de varios productos. Ni de los de su acumulación en nuestro organismo (especialmente en la grasa) siendo que, día tras día, año tras año, los ingerimos con los alimentos.

Un gran número de sustancias químicas artificiales que se han vertido al medio ambiente, así como algunas naturales, tienen potencial para perturbar el sistema endocrino de los animales, incluidos los seres humanos. Entre ellas se encuentran las sustancias persistentes, bioacumulativas y organohalógenas que incluyen algunos plaguicidas (fungicidas, herbicidas e insecticidas) y las sustancias químicas industriales, otros productos sintéticos y algunos metales pesados.

Muchas poblaciones animales han sido afectadas ya por estas sustancias. Entre las repercusiones figuran la disfunción tiroidea en aves y peces; la disminución de la fertilidad en aves, peces, crustáceos y mamíferos; la disminución del éxito de la incubación en aves, peces y tortugas; graves deformidades de nacimiento en aves, peces y tortugas; anormalidades metabólicas en aves, peces y mamíferos; anormalidades de comportamiento en aves; demasculinización y feminización de peces, aves y mamíferos machos; defeminización y masculinización de peces y aves hembras; y peligro para los sistemas inmunitarios en aves y mamíferos.

Los disruptores hormonales interfieren en el funcionamiento del sistema hormonal mediante alguno de estos tres mecanismos: suplantando a las hormonas naturales, bloqueando su acción o aumentando o disminuyendo sus niveles. Las sustancias químicas disruptoras hormonales no son venenos clásicos ni carcinógenos típicos. Se atienen a reglas diferentes. Algunas sustancias químicas hormonalmente activas apenas parecen plantear riesgos de cáncer.

En los niveles que se encuentran normalmente en el entorno, las sustancias químicas disruptoras hormonales no matan células ni atacan el ADN. Su objetivo son las hormonas, los mensajeros químicos que se mueven constantemente dentro de la red de comunicaciones del cuerpo.

Las sustancias químicas sintéticas hormonalmente activas son delincuentes de la autopista de la información biológica que sabotean comunicaciones vitales. Atracan a los mensajeros o los suplantan. Cambian de lugar las señales. Revuelven los mensajes. Siembran desinformación. Causan toda clase de estragos. Dado que los mensajes hormonales organizan muchos aspectos decisivos del desarrollo, desde la diferenciación sexual hasta la organización del cerebro, las sustancias químicas disruptoras hormonales representan un especial peligro antes del nacimiento y en las primeras etapas de la vida.

Los disruptores hormonales pueden poner en peligro la supervivencia de especies enteras, quizá a largo plazo incluso la especie humana.

Las pautas de los efectos de los disruptores hormonales varían de una especie a otra y de una sustancia a otra. Sin embargo, pueden formularse cuatro enunciados generales:

1 :. Las sustancias químicas que preocupan pueden tener efectos totalmente distintos sobre el embrión, el feto o el organismo perinatal que sobre el adulto;

2 :. Los efectos se manifiestan con mayor frecuencia en las crías, que no en el progenitor expuesto;

3 :. El momento de la exposición en el organismo en desarrollo es decisivo para determinar su carácter y su potencial futuro;

4 :. Aunque la exposición crítica tiene lugar durante el desarrollo embrionario, las manifestaciones obvias pueden no producirse hasta la madurez.

La especie humana carece de experiencia evolutiva con estos compuestos sintéticos. Estos imitadores artificiales de los estrógenos difieren en aspectos fundamentales de los estrógenos vegetales. Nuestro organismo es capaz de descomponer y excretar los imitadores naturales de los estrógenos, pero muchos de los compuestos artificiales resisten los procesos normales de descomposición y se acumulan en el cuerpo, sometiendo a humanos y animales a una exposición de bajo nivel pero de larga duración. Esta pauta de exposición crónica a sustancias hormonales no tiene precedentes en nuestra historia evolutiva, y para adaptarse a este nuevo peligro harían falta milenios, no décadas.

La industria química prefiere pensar que, puesto que ya existen en la naturaleza tantos estrógenos naturales, como la soja, no hay por qué preocuparse por los compuestos químicos sintéticos que interfieren con las hormonas. Sin embargo, es importante tener en cuenta las diferencias que existen entre los impostores hormonales naturales y los sintéticos. Los imitadores hormonales artificiales suponen un peligro mayor que los compuestos naturales, porque pueden persistir en el cuerpo durante años, mientras que los estrógenos vegetales se pueden eliminar en un día.

Nadie sabe todavía qué cantidades de las sustancias químicas disruptoras hormonales son necesarias para que representen un peligro para el ser humano. Los datos indican que podrían ser muy pequeñas si la exposición tiene lugar antes del nacimiento. En el caso de las dioxinas, los estudios recientes han demostrado que la exposición a dosis ínfimas es peligrosa.

La mayoría de nosotros portamos varios centenares de sustancias químicas persistentes en nuestro cuerpo, entre ellas muchas que han sido identificadas como disruptores hormonales.

Por otra parte, las portamos en concentraciones que multiplican por varios millares los niveles naturales de los estrógenos libres, es decir, estrógenos que no están enlazados por proteínas sanguíneas y son, por tanto, biológicamente activos.

Se ha descubierto que cantidades insignificantes de estrógeno libre pueden alterar el curso del desarrollo en el útero; tan insignificantes como una décima parte por billón. Las sustancias químicas disruptoras hormonales pueden actuar juntas y cantidades pequeñas, aparentemente insignificantes, de sustancias químicas individuales, pueden tener un importante efecto acumulativo. El descubrimiento de que puede haber sustancias químicas que alteran el sistema hormonal en lugares inesperados, incluidos algunos productos que se consideraban biológicamente inertes como los plásticos, ha puesto en entredicho las ideas tradicionales sobre la exposición.

Causa gran preocupación la creciente frecuencia de anormalidades genitales en los niños, como testículos no descendidos (criptorquidia), penes sumamente pequeños e hipospadias, un defecto en el que la uretra que transporta la orina no se prolonga hasta el final del pene. En las zonas de cultivo intensivo en la provincia de Granada, en donde se emplea el endosulfán y otros plaguicidas, se han registrado 360 casos de criptorquidias. Algunos estudios con animales indican que la exposición a sustancias químicas hormonalmente activas en el periodo prenatal o en la edad adulta aumenta la vulnerabilidad a cánceres sensibles a hormonas, como los tumores malignos en mama, próstata, ovarios y útero. Entre los efectos de los disruptores hormonales está el aumento de los casos de cáncer de testículo y de endometriosis, una dolencia en la cual el tejido que normalmente recubre el útero se desplaza misteriosamente al abdomen, los ovarios, la vejiga o el intestino, provocando crecimientos que causan dolor, copiosas hemorragias, infertilidad y otros problemas.

El signo más espectacular y preocupante de que los disruptores hormonales pueden haberse cobrado ya un precio importante se encuentra en los informes que indican que la cantidad y movilidad de los espermatozoides de los varones ha caído en picado en el último medio siglo. El estudio inicial, realizado por un equipo danés encabezado por el doctor Niels Skakkebaek y publicado en el Bristish Medical Journal en septiembre de 1992, descubrió que la cantidad media de espermatozoides masculinos había descendido un 45 por ciento, desde un promedio de 113 millones por mililitro de semen en 1940 a sólo 66 millones por mililitro en 1990. Al mismo tiempo, el volumen del semen eyaculado había descendido un 25 por ciento, por lo que el descenso real de los espermatozoides equivalía a un 50 por ciento.

Durante este periodo se había triplicado el número de hombres que tenían cantidades extremadamente bajas de espermatozoides, del orden de 20 millones por mililitro. En España se ha pasado de una media de 336 millones de espermatozoides por eyaculación en 1977 a 258 millones en 1995. El descenso amenaza la capacidad fertilizadora masculina. De continuar la tendencia actual, dentro de 50 años los hombres podrían ser incapaces de reproducirse de forma natural, teniendo que depender de las técnicas de inseminación artificial o de la fecundación in vitro.

La exposición prenatal a sustancias químicas imitadoras de hormonas puede estar exacerbando también el problema médico más común que afecta a los hombres al envejecer: el crecimiento doloroso de la glándula prostática, que dificulta la excreción de orina y a menudo requiere intervención quirúrgica. En los países occidentales, el 80 por ciento de los hombres muestran signos de esta dolencia a los 70 años, y el 45 por ciento de los hombres padecen un grave crecimiento de la glándula. En las dos últimas décadas se ha producido un espectacular aumento de esta dolencia.

La experiencia del DES y los estudios con animales sugieren también una vinculación entre las sustancias químicas disruptoras hormonales y varios problemas de reproducción en las mujeres, especialmente abortos, embarazos ectópicos y endometriosis. La endometriosis afecta hoy a cinco millones de mujeres estadounidenses.

A principios de siglo la endometriosis era una enfermedad prácticamente desconocida. Las mujeres que padecen endometriosis tienen niveles más elevados de PCBs en la sangre que las mujeres que no la padecen. Diferentes estudios coinciden en señalar que entre el 60 y el 70 por ciento de los embarazos se malogran en la fase embrionaria inicial y otro 10 por ciento termina en las primeras semanas por un aborto espontáneo.

Pero la tendencia sanitaria más alarmante con diferencia para las mujeres es la creciente tasa de cáncer de mama, que es el cáncer femenino más común. Desde 1940, en los albores de la era química, las muertes por cáncer de mama han aumentado en EEUU en un 1 por ciento anual, y se ha informado de incrementos semejantes en otros países industrializados.

Las normas actuales que regulan la comercialización de productos químicos sintéticos se han desarrollado sobre la base del riesgo de cáncer y de graves taras de nacimiento y calculan estos riesgos a un varón adulto de unos 70 kilogramos de peso. No toman en consideración la vulnerabilidad especial de los niños antes del nacimiento y en las primeras etapas de vida, y los efectos en el sistema hormonal. Las normas oficiales y los métodos de prueba de la toxicidad evalúan actualmente cada sustancia química por sí misma. En el mundo real, encontramos complejas mezclas de sustancias químicas. Nunca hay una sola. Los estudios científicos muestran con claridad que las sustancias químicas pueden interactuar o pueden actuar juntas para producir un efecto superior al que producirían individualmente (sinergia). Las leyes actuales ignoran estos efectos aditivos o interactivos.

Los fabricantes utilizan las leyes sobre secretos comerciales para negar al público el acceso a la información sobre la composición de sus productos. En tanto los fabricantes no coloquen unas etiquetas completas en sus productos, los consumidores no tendrán la información que necesitan para protegerse de productos hormonalmente activos. En algunos casos, las sustancias químicas pueden descomponerse en sustancias que plantean un peligro mayor que la sustancia química original.

En 1998 el gobierno de Estados Unidos gastó 30 millones de dólares en 400 proyectos para analizar los efectos de las sustancias químicas en el sistema endocrino. El objetivo de la Agencia de Medio Ambiente (EPA) de EE UU es desarrollar toda una estrategia para investigar y someter a prueba 600 plaguicidas y 72.000 sustancias químicas sintéticas de uso comercial en Estados Unidos, al objeto de analizar sus efectos como posibles disruptores endocrinos. La National Academy of Sciences de Estados Unidos ha emprendido un amplio estudio para profundizar en los peligros de los disruptores hormonales. Raro es el mes que no se publica algún artículo en las más prestigiosas revistas científicas confirmando y profundizando los peligros de las sustancias químicas.

El mercado mundial de plaguicidas representó unos dos millones de toneladas en 1999, e incluía 1.600 sustancias químicas.

El consumo mundial continúa creciendo. Los plaguicidas son una clase especial de sustancias químicas por cuanto son biológicamente activas por diseño y se dispersan intencionadamente en el entorno. Hoy en día se usan en Estados Unidos 30 veces más plaguicidas sintéticos que en 1945. En este mismo periodo, el poder biocida por kilogramo de las sustancias químicas se ha multiplicado por 10. El 35 por ciento de los alimentos consumidos tienen residuos de plaguicidas detectables. Los métodos de análisis, sin embargo, sólo detectan un tercio de los más de 600 plaguicidas en uso. La contaminación de los alimentos por plaguicidas es a menudo muy superior en los países en desarrollo. Defendernos de este riesgo requiere la acción en varios frentes con la intención de eliminar las nuevas fuentes de disrupción hormonal y minimizar la exposición a contaminantes que interfieren el sistema hormonal y que ahora están en el ambiente. Para ello se requerirá mayor investigación científica; rediseño de las sustancias químicas, de los procesos de producción y de los productos por las empresas; nuevas políticas gubernamentales; y esfuerzos personales para protegernos a nosotros y a nuestras familias. La agricultura biológica, sin plaguicidas y otras sustancias químicas, es una alternativa sostenible y viable. Con 100.000 sustancias químicas sintéticas en el mercado en todo el mundo y 1.000 nuevas sustancias más cada año, hay poca esperanza de descubrir su suerte en los ecosistemas o sus efectos para los seres humanos y otros seres vivos hasta que el daño está hecho. Es necesario reducir el número de sustancias químicas que se usan en un producto determinado y fabricar y comercializar sólo las sustancias químicas que puedan detectarse fácilmente con la tecnología actual y cuya degradación en el medio ambiente se conozca.

El sistema actual da por supuesto que las sustancias químicas son inocentes hasta que se demuestre lo contrario. El peso de la prueba debe actuar del modo contrario, porque el enfoque actual, la presunción de inocencia, una y otra vez ha hecho enfermar a las personas y ha dañado a los ecosistemas. Las pruebas que surgen sobre las sustancias químicas hormonalmente activas deben utilizarse para identificar a aquellas que plantean el mayor riesgo y para eliminarlas del mercado. Cada nuevo producto debe someterse a esta prueba antes de que se le permita salir al mercado. La evaluación del riesgo se utiliza ahora para mantener productos peligrosos en el mercado hasta que se demuestre que son culpables. Las políticas internacionales y nacionales se deben basar en el principio de precaución.

Una política adecuada para reducir la amenaza de las sustancias químicas que alteran el sistema hormonal requiere la prohibición inmediata de plaguicidas como el endosulfán y el metoxicloro, fungicidas como la vinclozolina y herbicidas como la atrazina. Para evitar la generación de dioxinas se requiere la eliminación progresiva del PVC, el percloroetileno, y todos los plaguicidas clorados.

Entre las sustancias químicas de efectos disruptores sobre el sistema endocrino figuran:

:: Las dioxinas y furanos, que se generan en la producción de cloro y compuestos clorados, como el PVC o los plaguicidas organoclorados, el blanqueo con cloro de la pasta de papel y la incineración de residuos;

:: Numerosos plaguicidas, algunos prohibidos y otros no, como el DDT y sus productos de degradación, el lindano, el metoxicloro (autorizado en España), piretroides sintéticos, herbicidas de triazina, kepona, dieldrín, vinclozolina, dicofol y clordano, entre otros;

:: El plaguicida endosulfán, de amplio uso en la agricultura española, a pesar de estar prohibido en numerosos países;

:: El HCB (hexaclorobenceno), empleado en síntesis orgánicas, como fungicida para el tratamiento de semillas y como preservador de la madera; u los ftalatos, utilizados en la fabricación de PVC. El 95 por ciento del DEHP (di(2etilexil)ftalato) se emplea en la fabricación del PVC; u los alquilfenoles, antioxidantes presentes en el poliestireno modificado y en el PVC, y como productos de la degradación de los detergentes. El p-nonilfenol pertenece a la familia de sustancias químicas sintéticas llamadas alquilfenoles. Los fabricantes añaden nonilfenoles al poliestireno y al cloruro de polivinilo (PVC), como antioxidante para que estos plásticos sean más estables y menos frágiles. Un estudio descubrió que la industria de procesamiento y envasado de alimentos utilizaba PVC que contenían alquilfenoles. Otro informaba del hallazgo de contaminación por nonilfenol en agua que había pasado por cañerías de PVC. La descomposición de sustancias químicas presentes en detergentes industriales, plaguicidas y productos para el cuidado personal pueden dar origen asimismo a nonilfenol. *el bisfenol-A, de amplio uso en la industria agroalimentaria (recubrimiento interior de los envases metálicos de estaño) y por parte de los dentistas (empastes dentarios). Uno de los investigadores pioneros sobre los efectos del bisfenol-A es el médico español Nicolás Olea. Bromuro de metilo: el plaguicida bromuro de metilo ha causado centenares de casos de envenenamiento, y además daña la capa de ozono de la estratosfera, que protege la superficie de la tierra de una excesiva luz ultravioleta. El bromo del bromuro de metilo es 50 veces más eficiente como destructor del ozono que el cloro de los clorofluorocarbonos (CFCs), el más conocido entre los compuestos que dañan el ozono, usado hasta hace poco en una amplia gama de aplicaciones industriales.

El bromuro de metilo se usa como plaguicida desde la década de 1930. Cada año se venden 76.000 toneladas en todo el mundo (4.238 toneladas en España, el 5,6% del consumo mundial), sobre todo para la fumigación del suelo. La mayoría de las emisiones humanas de bromuro de metilo se debe a su empleo como plaguicida, pero se libera también mediante la quema de biomasa tal como la madera empleada como combustible, y mediante la combustión de gasolina con plomo. El bromuro de metilo es producido también por los océanos, pero estas emisiones no se conocen bien y es posible que los océanos absorban más de lo que liberan. Los esfuerzos internacionales iniciales en el marco del Protocolo de Montreal de 1987 relativo a las sustancias que agotan la capa de ozono, se centraron en las sustancias de larga vida que destruyen el ozono, tales como los CFCs. Los niveles atmosféricos de cloro han comenzado consiguientemente a declinar, pero los niveles de bromo continúan subiendo. En la actualidad, el bromuro de metilo se cree que ocasiona del 5 al 10 por ciento de la pérdida observada de ozono; si las emisiones continúan creciendo al ritmo actual, la cifra puede subir al 17 por ciento en el año 2001. Así, los científicos consideran que la eliminación del bromuro de metilo es el siguiente paso importante para recuperar la capa de ozono. En el marco del Protocolo, los países desarrollados han acordado frenar la producción en el 2010, aunque los Estados Unidos prohibirán la producción en el 2001, como manda la Clean Air Act.

Muchos agricultores temen la prohibición del bromuro de metilo porque éste es un plaguicida sumamente versátil. En Estados Unidos se usa en más de 100 cultivos, para todo tipo de plagas: insectos, lombrices, roedores, malas hierbas, hongos y patógenos. A causa de la eficacia del bromuro de metilo, algunos países explícitamente requieren su uso en los productos importados.

Según un informe técnico de 1994 del Protocolo de Montreal, existen alternativas para más del 90 por ciento de los usos del bromuro de metilo. Estudios recientes sugieren que otro producto químico, el yoduro de metilo, podría no afectar al ozono, aunque aún deben completarse las pruebas de seguridad. El informe recomendó la estrategia de gestión integrada de plagas, que emplea la rotación de cultivos como táctica, el arado profundo, y el uso de capas de plástico para matar las plagas del suelo. Alemania y Holanda han dejado de usar el bromuro de metilo para la fumigación del suelo. La Agencia de Protección Ambiental de EEUU ha elaborado una serie de estudios sobre alternativas viables, y el Departamento de Agricultura de Estados Unidos distribuye un boletín de alternativas. Las partes del Protocolo de Montreal están revisando la fecha del 2010, que podría adelantarse.

2) FERTILIZANTES

La mayor parte de los fertilizantes utilizados en la agricultura son los abonos nitrogenados, fosfóricos y potásicos. En los procesos de fabricación de los abonos se emiten agentes contaminantes (óxidos de nitrógeno, emisiones en polvo de flúor). Los abonos nitrogenados, los más utilizados, provocan problemas de contaminación del agua por nitratos, muy solubles. En el proceso de fabricación del abonado nitrogenado se utiliza en grandes cantidades el petróleo o el gas natural. Los nitratos plantean serios problemas sanitarios y ambientales. España, según denuncia la propia Comisión Europea, no respeta la directiva comunitaria sobre nitratos. Hoy en día en la Unión Europea el consumo medio de fertilizantes alcanza los 150 kilogramos por hectárea y año.

Conviene señalar que la fertilización nitrogenada es especialmente eficaz a bajas dosis: aplicaciones de 100 Kg N/Ha ocasionan un aprovechamiento del 80% del N, mientras que dosis altas, como 400 Kg N/Ha, posibilitan un aprovechamiento de sólo el 50% del N. El resto se pierde por lavado y contribuye a la contaminación de las aguas continentales.

En ese sentido los nitratos procedentes de los fertilizantes nitrogenados son motivo de preocupación y diversos estudios científicos e investigaciones pretenden aclarar sus posibles efectos nocivos sobre la salud y el medio ambiente. La ingestión masiva de alimentos o aguas con elevadas concentraciones de nitratos puede provocar en condiciones muy específicas una intoxicación aguda similar a una asfixia conocida como metahemoglobinemia o cianosis. Se trata pues de una enfermedad provocada por la disminución de la hemoglobina en su capacidad para transportar el oxígeno. Los bebés de menos de seis meses son especialmente sensibles a estas intoxicaciones porque la conversión de nitrato a nitrito se da más fácilmente y su hemoglobina es más susceptible a la oxidación.

Esos mismos nitritos formados en el tracto gastrointestinal pueden combinarse con las aminas provenientes del metabolismo de las proteínas para formar las cancerígenas nitrosaminas.

La OMS y la FAO fijan el límite máximo aconsejable de nitratos en los alimentos en 75 ppm y la dosis diaria admisible (DDA) de nitritos en 0,133 mg/Kg de peso corporal y la de los nitratos en 3,65 mg/Kg.

Los vegetales, que son la principal fuente de nitratos en la dieta humana, no están sujetos, sin embargo, a ninguna normativa nacional que limite su concentración. Esta preocupante laguna legislativa deberá resolverse en un plazo breve puesto que la Comisión Europea ha elaborado el Reglamento 315/93, de 8/2/93, con ese fin, así como para proponer a cada Estado miembro la elaboración de un Código de buenas prácticas agrícolas que oriente al agricultor para producir hortalizas con el mínimo contenido posible en nitratos.

Un efecto ambiental consecuencia del aumento de los niveles de los nutrientes vegetales en las aguas continentales, nitratos y fosfatos principalmente, es la eutrofización. Ésta consiste en una proliferación masiva de algas y vegetales inferiores en las masas superficiales de agua por efecto de un exceso de nutrientes minerales. Esto ocasiona un paulatino empobrecimiento en el oxígeno disuelto y una pérdida de diversidad biológica en los cursos de agua. Se estima que la agricultura es responsable en la Unión Europea de un 5% de los fenómenos de eutrofización y que los nitratos causantes de dicho fenómeno provienen en un 90% de la agricultura. Por otro lado la contaminación de los acuíferos y aguas subterráneas con elevados niveles de nitratos en las zonas agrícolas se debe en buena parte al empleo de fertilizantes nitrogenados.

Otra consecuencia ambiental indeseable de la aplicación de fertilizantes nitrogenados, aunque menos importante cuantitativamente, es su contribución al efecto invernadero a consecuencia de la desnitrificación que transforma el nitrógeno mineral en óxido nitroso y la volatización, que forma amoniaco (NH3). Estos gases contribuyen al calentamiento global de la tierra.

3) AGUA

Los regadíos consumen ya el 80% del agua, y su desarrollo condicionará el Plan Hidrológico Nacional. El crecimiento exponencial de los regadíos durante los últimos 40 años, desde apenas 1,5 millones de hectáreas en 1955 a 3,5 millones de hectáreas en 1999, y sobre todo el aumento de la superficie regada en las cuencas con menos recursos hídricos disponibles (Guadiana, Guadalquivir, Sur, Segura y Júcar), ha tenido grandes impactos ambientales, como la sobreexplotación de los acuíferos 23 y 24 (Tablas de Daimiel y Mancha Occidental), 27 (Doñana, Almonte Marismas) y de la salinización de los de Sanlúcar Rota Chipiona, Campos de Dalías, o Guadalentín; ejemplos de zonas regables que muestran la insostenibilidad del modelo.

Es absolutamente imprescindible el establecimiento de un precio al agua, no como una medida recaudatoria, sino como un elemento que ayude a frenar el derroche e incentivar el ahorro. Para ello es necesario el establecimiento de un sistema de bloques. La modernización de regadíos prevista es claramente insuficiente, pudiéndose incrementar sustancialmente los hectómetros cúbicos ahorrados, aunque el coste del m3 se incremente en buena medida. En todo caso, siempre será más rentable desde el punto de vista ambiental y social, e incluso económico, que la construcción de nuevos embalses y trasvases.

4) CONSUMO ENERGÉTICO

Desde siempre la agricultura es una intervención en la naturaleza para poder aumentar la producción de alimentos; durante siglos se ha invertido trabajo humano y animal para la obtención de alimentos, junto con el estiércol producido por los animales que se reutilizaban para la obtención de los productos agrarios. En la agricultura moderna se ha sustituido el trabajo animal por maquinaria y el estiércol por fertilizantes. Como consecuencia hay una transformación de energía fósil, no renovable, para la obtención de alimentos. José Manuel Naredo y Pablo Campos realizaron un interesante estudio sobre los flujos energéticos de la agricultura española en los años 50 y 70. En este estudio se puede observar que la agricultura española duplica la producción agrícola desde el 1950-51 al 1977-78, es decir, en términos energéticos se duplica también la obtención de energía, pero la energía que entra en el sistema se ha multiplicado por quince. La eficiencia energética ha disminuido considerablemente. En los años 50 por cada Kcal que se "introducía" en el campo se obtenían 6 Kcal en alimentos; en los años 70 por cada Kcal que se introduce en el campo se obtienen 0,75 Kcal de alimentos.

Estudios realizados en los años 70 en Estados Unidos demostraban que si toda la superficie agrícola de la Tierra se hiciese con las técnicas de la agricultura moderna, las reservas de petróleo se agotarían en 20 años, dedicando todo el petróleo a la agricultura.

5) EROSIÓN Y DEGRADACIÓN DEL SUELO

La erosión y la degradación del suelo es uno de los grandes problemas ambientales, pero las acciones brillan por su ausencia.

En España la erosión duplica y a veces triplica los límites aceptables, con un 18 por ciento del territorio afectado de erosión extrema, es decir, con pérdidas de 50 a 200 toneladas por hectárea y año. Esto conlleva unas graves consecuencias ambientales, ya que el suelo tiene unas tasas de formación tan lentas que se puede considerar como un recurso no renovable a escala humana. Así, la pérdida total del suelo existente en un área origina graves perjuicios e incluso inexistencia de productividad agrícola, ganadera o forestal, situación que puede prolongarse durante siglos e incluso milenios. El desencadenamiento a gran escala de estos procesos comenzó con las talas y quemas de los antiguos bosques, transformados en campos de cultivo o prados, quedando en muchas ocasiones sometidos a un sobrepastoreo, el cual incrementaba grandemente las tasas de erosión.

El mecanismo natural y el más eficaz para frenar la erosión es la existencia de una cubierta vegetal densa. Sin embargo, las políticas no han tenido en cuenta el mantenimiento de esta cubierta, sino que se han regido principalmente por criterios de productividad a corto plazo, tanto en el sector agrícola como en el ganadero y en el forestal. Actualmente se afirma que la degradación y erosión del suelo es el principal problema ambiental de nuestro país, pero no se ha acometido un plan forestal o de revegetación adecuado a los problemas actuales, ni se ha llevado a cabo un control adecuado sobre las prácticas agrícolas. Y es que, tristemente, las soluciones a los problemas erosivos y el funcionamiento político y económico actual están sujetos a dos escalas de tiempo completamente diferentes. Así, el problema de la degradación del suelo ha de plantearse a varias decenas de años vista, y los resultados no serán apreciables al menos hasta transcurrido ese tiempo.

6) INGENIERÍA GENÉTICA

Las plantas transgénicas modificadas para ser resistentes a enfermedades y plagas pueden tener un mayor potencial alergénico que aquellas no modificadas. Una de las razones de oposición al cultivo de plantas transgénicas es su poder invasivo. Las nuevas características aportadas a estas plantas (resistencia a herbicidas, sequías o heladas) les confieren unas posibilidades mayores a la hora de competir con otras especies por el suelo o los nutrientes. De hecho, la invasión de especies ajenas a los ecosistemas es una de las mayores amenazas (y más costosas de combatir) para la biodiversidad y ecosistemas en general. La contaminación genética es el término utilizado para referirse a la transferencia de genes que puede producirse, y de hecho se produce, entre las plantas modificadas genéticamente y las naturales, que puede ser muy superior a la observada en laboratorio o pequeños cultivos controlados.Las autorizaciones para comercializar alimentos manipulados genéticamente, como la soja o el maíz, suscitan una gran preocupación sobre sus efectos en la salud, el medio ambiente, el futuro de la agricultura y el impacto en los países más pobres.

A todo ello hay que añadir la utilización de productos tóxicos, como los herbicidas. De hecho, las modificaciones genéticas para hacer resistentes las plantas a estos productos se centran en herbicidas de amplio espectro, como el Roundup (glifosato), Basta, Glean o Gist, algunos de los cuales han sido relacionados con defectos de nacimiento y cáncer. El glifosato (agente activo del Roundup) es un herbicida de amplio espectro que afecta a multitud de especies vegetales. Su eficacia se basa en que bloquea el camino del ácido siquímico de las plantas impidiendo la formación de aminoácidos y matando a todas las partes de la planta. Esto le ha convertido en uno de los herbicidas más dañinos para la flora. Su supuesta baja toxicidad en seres humanos se debe a que en los animales no existe el ácido siquímico, si bien se ha comprobado que el herbicida puede tener efectos sobre diversas funciones enzimáticas, y que en peces puede llegar a ser letal incluso a niveles de 10 ppm. también se le considera uno de los herbicidas más tóxicos para microorganismos como hongos, actinomicetos y levaduras.

Los cultivos transgénicos ya no son sólo un fenómeno de laboratorio. Desde 1986, se han realizado 25.000 ensayos de plantas transgénicas en todo el mundo, y de ellos más de 10.000 en los dos últimos años. Más de 60 cultivos diferentes, desde el maíz a las fresas, de las manzanas a las patatas, han sido manipulados genéticamente. En 1996 se cultivaron 2 millones de hectáreas con plantas transgénicas, y sólo dos años después, en 1998, se llegó a 27,8 millones de hectáreas, casi 15 veces más.

En 1992, China plantó una variedad transgénica de tabaco diseñada para resistir a ciertos virus y se convirtió en el primer país con cultivos transgénicos para fines comerciales. Los agricultores de Estados Unidos sembraron su primer cultivo transgénico comercial en 1994; sus colegas de Argentina, Australia, Canadá y México les siguieron en 1996. En 1998, nueve países tenían cultivos transgénicos y se espera que ese número alcance los 20 a 25 en el año 2000.

Las tres cuartas partes de los cultivos transgénicos están en Estados Unidos. Más de un tercio de la cosecha de soja estadounidense de 1998 fue transgénica, así como la cuarta parte del maíz y la quinta parte del algodón. Los otros dos únicos países con cultivos transgénicos importantes son Argentina y Canadá: más de la mitad de la cosecha de soja de Argentina en 1998 fue transgénica, así como la mitad de la colza canadiense. Estos tres países albergaban el 99 de la superficie de cultivos transgénicos. Aunque hay muchas plantas transgénicas, sólo unas pocas se han cultivado en cantidades apreciables. La soja representa el 52 por ciento de área transgénica global y el maíz el 30 por ciento. El resto corresponde en su casi totalidad al algodón en EE UU y a la colza en Canadá. La mayoría de los cultivos transgénicos han sido manipulados para reemplazar o acomodarse a sustancias químicas de amplio uso, sobre todo insecticidas y herbicidas.

Cerca del 30 por ciento de los cultivos transgénicos son variedades manipuladas para producir una toxina contra los insectos, y el resto son cultivos diseñados para resistir a los herbicidas. Los únicos insecticidas transgénicos actualmente en uso comercial son los "cultivos Bt", que en 1998 ocupaban cerca de 8 millones de hectáreas. Estas plantas han sido provistas con un gen del organismo del suelo llamado Bacillus thuringiensis (Bt) que produce una sustancia mortal para ciertos insectos. En Estados Unidos en 1998 el 25 por ciento del maíz y el 20 por ciento del algodón eran variedades Bt. El Bt transgénico básicamente reemplaza a un insecticida que antes se rociaba sobre las plantas por otro dentro de la misma planta. La técnica puede parecer más sofisticada pero la estrategia en esencia es la misma: emplear el producto químico contra la plaga. Algunos entomólogos predicen que, sin estrategias preventivas, la resistencia de las plagas al Bt podría aparecer en el campo dentro de tres a cinco años de uso generalizado, haciendo ineficaces las plantas Bt. La resistencia generalizada al Bt afectaría no sólo a los cultivos transgénicos, dado que el Bt también se usa normalmente en los cultivos convencionales. Los agricultores verán como uno de los plaguicidas más benigno ambientalmente dejará de ser útil.

En cierta forma, los cultivos Bt son un retroceso hasta los peores días del empleo masivo de plaguicidas sintéticos, cuando se animaba a que los agricultores rociaran sus campos aunque no fuera necesario. El Bt presenta una falta similar de discriminación: está programado para atacar a la plaga durante todo el periodo de crecimiento de la planta, sin tener en cuenta el nivel de infección. Este tipo de control profiláctico aumenta mucho la probabilidad de resistencia porque tiende a aumentar al máximo la exposición a la sustancia tóxica; es el equivalente en las plantas a tomar antibióticos como si fueran vitaminas. Las plantas transgénicas, diseñadas para secretar combinaciones cada vez más potentes de plaguicidas, competirán con plagas cada vez más resistentes.El advenimiento de los cultivos transgénicos plantea igualmente serias cuestiones sociales, empezando por la propiedad. Todas las semillas transgénicas están patentadas. A comienzos de los años ochenta, la tendencia en los países industrializados y en las leyes internacionales ha sido permitir las patentes agrícolas, y no sólo de variedades sino incluso de genes específicos. Hasta entonces los agricultores podían comprar las semillas, incluso las patentadas, y podían usarlas posteriormente en sus propios cultivos e incluso cambiarlas por otras semillas. Lo único que no podían hacer era venderlas directamente. Pero con las nuevas leyes de patentes, todas esas actividades son ilegales; el comprador paga por usar una sola vez el germoplasma.

De los 56 productos transgénicos aprobados para cultivos comerciales en 1998, 33 pertenecen a las cuatro mayores empresas: Monsanto, Aventis, Novartis y DuPont. Las tres primeras controlan el mercado de semillas transgénicas en Estados Unidos, mercado que representa las tres cuartas partes del mercado global. Como vía para defender sus derechos sobre las patentes, las empresas de biotecnología están exigiendo a los agricultores que firmen "contratos de semillas" cuando compran semillas transgénicas, un fenómeno totalmente nuevo en la agricultura. Los contratos pueden estipular qué marca de plaguicidas el agricultor debe usar en el cultivo, una especie de mercado cautivo para algunos. Lo más preocupante de estos contratos es el posible efecto sobre el reempleo de semillas, una práctica antigua que reserva una cierta cantidad de las semillas cosechadas para volverlas a plantar. En el mundo en desarrollo, unos 1.400 millones de agricultores utilizan casi exclusivamente las semillas cosechadas por ellos mismos. Una reciente invención, oficialmente titulada "tecnología de protección de los genes" pero popularmente denominada "tecnología terminator", puede hacer que los contratos sobre las semillas sean una realidad biológica. La tecnología terminator impide que las semillas recolectadas vuelvan a germinar. Su inventor principal, un biólogo molecular llamado Melvin Oliver, del Departamento de Agricultura de EE UU, señala que "la tecnología afecta principalmente a los mercados del Segundo y Tercer Mundo", garantizando los derechos sobre patentes incluso en países donde no existen o no se aplican. La tecnología terminator también pueden animar a patentar los cultivos más importantes, como arroz, trigo y sorgo que hasta ahora habían sido ignorados por los mayores fabricantes de semillas del sector privado. Los genes suicidas del terminator se activan rociando la semilla con el antibiótico tetraciclina. La tecnología terminator aumentará la uniformidad de los cultivos al restringir la práctica de guardar y cruzar semillas de un año para otro por los agricultores.

La extensión de las patentes puede reducir a los agricultores a meros "biosiervos," que proporcionan poco más que la tierra y el trabajo a la agroindustria.

7) AGRICULTURA ECOLÓGICA

El actual modelo agrícola es a largo plazo totalmente inviable, no ya sólo por el problema derivado de la contaminación de ríos, mares o suelos, sino por el consumo excesivo de los recursos no renovables y por la ineficiencia energética que supone. Como alternativa surge, ya desde hace decenas de años la agricultura ecológica, también llamada biológica. La agricultura ecológica busca la producción agrícola y ganadera sin la utilización de fertilizantes y plaguicidas químicos de síntesis, en un entorno respetuoso con la naturaleza. La fertilidad del suelo se mantiene con la utilización moderada de estiércol, compost y abono sideral (cultivo de plantas, leguminosas y gramíneas principalmente, que son incorporadas al suelo). La lucha contra las plagas y enfermedades es preventiva, con la selección de variedades y especies resistentes y adaptadas al medio, con programas de rotación y asociación de plantas y con el tratamiento con productos de origen natural. Se favorecen la presencia de la fauna útil: aves insectívoras y insectos depredadores de plagas. Las producciones de la agricultura ecológica tienen en la actualidad una denominación de origen controlada, estando legislada a nivel de la Unión Europea. En el Estado Español son las comunidades autónomas las responsables del control de la producción y del cumplimiento de la normativa. En general se obtienen producciones libres de residuos de plaguicidas y de nitratos, con contenidos nutricionales superiores a la producción agrícola convencional. El inconveniente de la producción agrícola ecológica es la dificultad en conseguir el producto. Existen en España cooperativas de consumidores de productos de la agricultura ecológica, a través de las cuales se pueden obtener productos directamente de los productores, a precios razonables. Con el consumo y demanda de productos de la agricultura ecológica, se puede aumentar la producción y por tanto ayudar a conservar el medio ambiente y desde luego a conservar nuestra salud.

José Santamarta Director de la edición en castellano de la revista World Watch
Revista Natural

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